Baltaca es Creatividad

Keynote emergente

​Una conferencia que buscó su propio ritmo

Juan Daza Arévalo |

Marcel Kisburn, neuropsicólogo, sugiere que la sensación de dificultad en un pensamiento es porque el andar pedregoso de la verdad está compitiendo con otras rutas más seductoras, senderos más sencillos que terminan siendo caminos sin salida. Así arranca el libro de Daniel C. Bennet sobre Bombeos de Intuición. Yo tuve un empujón por una canción que hizo la ruta no menos accidentada: la hizo posible.

Esta historia se remonta al 6 de marzo de 2016 cuando se dio por terminado el Agile Open Camp (AOC) en su segunda versión. Un día que arrancó nublado y que prometía una agenda agitada y altamente emotiva. Esas cosas que pasan cuando uno se hace cómplice, compañero, testigo y acelerador de otras personas; cuando se comparte con más de noventa mentes inquietas en espera de respuestas y nuevas preguntas y que están convencidas de poder cambiar el mundo.

Era domingo y yo, madrugando como de costumbre (cosa que no hago en mi casa pero que por alguna razón me da por hacer lejos y de paso molestar a mis compañeros de cuarto) estaba atento de terminar mi conferencia o Keynote de cierre del evento. Apenas algunas horas atrás había logrado desanudar un par de cuerdas que no me dejaban tranquilo y que no vibraban en la misma frecuencia que necesitaba para esa charla. Ese nudo de una conferencia que llevaba preparando casi un par de meses finalmente había cedido pero no había sido una tarea sencilla.

En los primeros bocetos de la conferencia tenía presente dos líneas de tiempo de una triada de comparaciones que quería compartir: los posibles encuentros y cruces entre las ciencias de la complejidad, las teorías de administración-gestión y una tercera que parecía ser las ciencias del comportamiento. Esa tercera línea de tiempo estaba a medio armar y algo evitaba la suma con las otras dos. No había un baile sin tropiezos entre ellas. Había información útil, valiosa pero no estaba en su lugar…

Los comportamientos humanos siempre son material de debate pero cuando se les da un lugar en medio de las charlas de un open space o desconferencia se confirma qué tan interesados estamos de saber si somos parte de una media o si la campana nos supera en cosas como reaccionar de manera indebida frente a una donut en un estudio que mide nuestra capacidad de retrasar la recompensa. Con o sin estudios esa línea de tiempo no encajaba y el tiempo ya estaba encima. No quería dar mi conferencia desarmado de la calma que da el saber que sin importar lo que pase desde adentro se está en paz.

El día anterior a la charla había caminado hasta el lugar de la conferencia, a la orilla de un río, luego de una eternidad de mordiscos de plantas que anhelan incisivos, luego de estar arrebatado por la inmensidad de los cerros con nieves perpetuas que saben que vinimos a errar; había visto el lugar del encuentro. El calor me invitaba a pensar que probablemente íbamos a perder a algunos por cuenta del calor, que la hipoxia de la caminata propia de programadores e informáticos sedentarios, la marea alcalina del almuerzo y otras cosas iban a jugar a mi favor. Y no. Mis guías no sólo estaban en perfectas condiciones física sino que la lucidez que demostraban me llevó a temer que más me valía tener esa tercera línea de tiempo clara.

Pero al cerebro no se le presiona, tampoco se le puede chantajear con chocolates o grasas de un bueno lomo. El cerebro no es precisamente un buen amigo en esos casos. Sencillamente no colabora y aunque está listo a asociar, está a la espera de la palabra secreta, la emoción certera que abre todas las puertas de buenas conexiones. Una vez eso pasa sólo queda el eco del timbre que resuena mientras las puertas muestran un: ajá!

En la última semana antes del viaje ya había luchado tanto contra mi mismo que estaba entregado a que la información llegara de cualquier lado. Rendido a las galletas de fortuna, a la lectura del mate que ha pasado de mano en mano, al oráculo de las conversaciones accidentales. Había tenido un par de asomos pero la misma angustia me hacía pensar en que no iba a ser fácil este último paso. Al regresar del viaje de reconocimiento del lugar tenía que resolverlo así no invitara al cerebro a esa fiesta.

Me senté de nuevo a trabajar en las hojas de las dos líneas de tiempo que ya estaban listas, a pulirlas pero en realidad era una suerte de oración en espera de un milagro. De fondo sonaban algunas voces de un grupo de compañeros cantando. Ellos estaban recogiendo las experiencias del día y fijándolas en el corazón, tatuando el recuerdo a punta de risas. Entre la bulla se asomó una canción que arrancaba con: “Hay algunos que dicen, que todos los caminos conducen a Roma…”

Luis Eduardo Aute escribió esa canción en 1993 y creo que la escribió para que cuando yo la necesitara tuviera las palabras precisas para describirme sin el latido ajeno. Porque me sirvió tanto cuando ella, ella, la que supo irse, se fue y dejó todo roto (sobre todo a la altura de mi pecho). Yo tuve que acudir a la artillería de canciones, películas, libros, conversaciones y amigos para seguir adelante y Aute estuvo ahí.

Justo antes de tratar de resolver el rompecabezas de mi presentación a Ignacio Rigoni, uno de los campers, de médula agilista, le dio por cantar eso sin saber que movía la primera pieza del dominó que tenía que caer. Había pasado la media noche y en ese momento las reglas de la razón no operan. Uno apenas hace caso y cuando oí la letra fui a comprar la canción de inmediato. Había pasado tanto tiempo que no la tenía conmigo o estaba dentro de mi pero no a la mano para oírla. La conseguí en par segundos y la puse en un loop infinito para oírla nuevamente y nuevamente y nuevamente. iTunes ya sabe de mis andanzas de andar repitiendo, como gotera oculta, una canción hasta secar la fuente. Debo estar confundiendo algún data mart por cuenta de mis resistencias a oír algo importante una sola vez.

Me acordé que siempre quise decirle a ella, dejémosla en ella: “Que el final de esta historia, enésima autobiografía de un fracaso, no te sirva de ejemplo, hay quien afirma que el amor es un milagro” yo quería decirle a ella “no sé por qué te escondes y huyes de mi encuentro, por saber de tu vida, no creo que vulnere ningún mandamiento” y llegué a pensar que “tan terrible es el odio que ni te atreves a mostrarme tu desprecio”. Con el tiempo aprendí que el porqué se había ido jamás me lo iba a decir. Y a Nacho (ya no le puedo decir Ignacio porque se hizo mi hermano cuando invocó el picaporte que tumbó el muro) le dio por cantar “Sin tu latido”.

El dolor no regresó igual. Por fortuna, porque el lodo me habría clamado de nuevo: me habría hecho invierno. Pero si se asomó la misma melancolía y por un rato me robó el foco del que tanto nos enorgullecemos los agilistas/alquimistas. Me sacó para darme un paseo al pasado y mientras se sumaban las lágrimas para regresar por gotas, ya no a cántaros, en el fondo de mi cerebro, por allá donde colindan el reptil con el mamífero y el mono vi un letrero inmenso que decía: ajá!

Se fue al carajo la línea de tiempo de las ciencias del comportamiento. Lo que tenía que emerger era una linea de las músicas que nos hacen lo que somos. Ese era el cruce evidente que estaba tan presente que no podía verlo. Sin tu latido. Porque ahora tengo nuevos latidos, soy otro y tengo las cicatrices que me hablan de haber amado y haber sido amado. Y a punta de un oficio de radio que pide a ratos su lugar le di cabida a una nueva narrativa que podía proponer un nuevo puente. Fue necesario que la idea pasara por otro órgano: se alejara del cerebro que le daba razón y sentido y pasarla por el corazón que la impulsaba a ser emoción.

Así la Keynote emergió desde las cosas que podían estar a las que debían estar. Esperé hasta el último momento responsable como dice Pablo Tortorella cuando habla de Lean. La magra espera que busca las palabras precisas estaba por arrancar pero eso es otra historia.

Salgamos que el río no espera.